Pasión, recuerdos y amor
Era un día como otro cualquiera, llegó del trabajo, cansado y sin ganas de casi nada, tenía algo de hambre, pero el sueño le podía más.
Entró en su casa, esa en la que vivía desde que se casó, ya habían pasado 18 años desde entonces, y el tiempo hacía mella en general, tanto en su cuerpo como en su ánimo.
Nada más abrir pensó en lo monótono de su vida, lo cansino se su trabajo y que las arrugas habían hecho aparición en su rostro, sus manos eran menos firmes, y sus ojos carecían de alegría. Recordaba a su padre, con 48 años, la misma edad que él tenía ahora, y recordaba que en aquél tiempo pensaba que su padre era viejo… ¿Lo era él también ahora?
Cruzó la puerta, soltó las llaves y extrañó a sus hijos, era casi mediodía, las 12h. Las agujas del reloj llegaban a duras penas y con pesadez al 12.
Pensó que su mujer estaría de compras, la compra diaria para la casa, su mujer… una persona que había vivido junto a él tantos años y antes de novios otros 5 años más. La conocía bien, la quería, aunque aquella fogosidad del principio se fue calmando, y ahora eran pareja como él recordaba a sus padres, mucho cariño entre ambos.
Dudó si el que había cambiado era él o era ella, era normal que las mujeres al tener hijos se replantearan sus prioridades, y que el trabajo diario y la lucha con los pequeños la convirtieran en madre, más que en mujer o esposa…
Al llegar al salón notó que algo era distinto, estaban las persianas a medio subir, cuando a ella le gustaba la luminosidad en especial de mañana, había un olor extraño, dulce y agradable pero no el que normalmente sentía al legar a casa, el característico olor a comida recién preparada.
Por un instante pensó en sentarse en su sofá preferido, encender la Televisión y entretenerse con las tonterías diarias que emiten a esas horas, pero no.
Miró hacía el pasillo observo una luz como parpadeante pero suave, el olor se acrecentaba por esa zona, la media oscuridad se hacía más evidente allí. Y pensó que algo estaba pensando, su corazón empezó a palpitar, no sabía si era bueno, pero su tensión subió de golpe.
Claudia, su mujer, sabía sus horarios de llegada, más o menos los cumplía y siempre estaba todo dispuesto en casa para recibir al “rey” del “castillo”. Avanzó lentamente pasando por el salón y adentrándose en el pasillo, al llegar al final de éste vió la puerta de su dormitorio. Era de donde salía aquella luz atrayente, aquél olor dulce y embriagador, con temor deslizó la puerta lentamente. Su corazón palpitaba, notaba las venas de su cuello empujando, su vista nublada por la tensión…
Tras aquella puerta, Claudia, en la cama, rodeada de velas que desprendía el aroma más dulce que había inhalado nunca. Ella con unas braguitas de encaje negro, con liguero y medias del mismo color, y un sujetador sugerente, atrayente, insinuante…
Estaba de costado, mirándole con una sonrisa picarona, con el pelo húmedo, con un maquillaje discreto pero sensual y unas pestañas que cada vez que parpadeaban hacían oscilar las llamas de las velas.
Santiago se quedo paralizado, recordó lo que había pensado al llegar a casa y lo monótono de su vida, pero rápidamente se borró cualquier pensamiento o recuerdo de su mente, sólo tenía ojos para Claudia, para su cuerpo.
Se acercó, él no dijo nada, ella no dijo nada, se besaron apasionadamente, él notaba la suavidad del cuerpo de Claudia, su sabor y olor. Ella vió en los ojos de él la pasión de antaño, y sabía que había acertado, que al Rey del castillo había que recordarle que seguía siéndolo, que era el amo de su cuerpo, el único que tenía la llave para ella, para su cuerpo… que seguía siendo el hombre de su vida.
Ella, Claudia, le iba a demostrar que aún siendo ya madre podía ser la mujer, la apasionada mujer ardiente, que fue, una amante sin igual, que era capaz de agotar a aquél hombre.
Ella muy lentamente fue desnudando a Santiago, le quitó la camisa dejando al aire su pecho y aquél vello que ya salía alguna cana. Él, de pié, sin inmutarse observó como poco a poco subía su temperatura, ella lo notaba y sonreía.
Posteriormente continuó con su pantalón, pero él no pudo más, se abalanzó sobre ella, la fue quitando muy suavemente la ropa interior, aquella sugerente ropa negra, ella se dejó hacer, el roce se sus manos sobre su piel suave, era calentar aún más aquél horno que ya estaba en su punto…Se volvieron a besar, y estuvieron así un buen rato, y finalmente hicieron el amor como lo hacían de apasionado cuando eran recién casados, sin prisas, sin niños, con pasión, con moro, con amor…
Tras casi 45 min. de amor ardiente, él acabó rendido, la besó, la acarició su rostro y con la mirada, pero en silencio, le dio las gracias. S e recostó y rápidamente cerró los ojos, seguramente sería después de muchos tiempo cuando descansaría de forma tranquila.
Le toco la frente y se la besó, ella sabía que el Rey del castillo había sentido de nuevo el poder, un poder que creyó perdido, pero ella sabía que al igual que en el ajedrez, la dama, la Reina, es casi más importante y es quien lleva el peso del juego.
Ella se vistió, se preparó, ella no podía dormir, los niños, la casa, la comida… la vida en definitiva tendría que volver a funcionar.
El sexto sentido de las mujeres, sabía que su marido necesitaba una prueba de que seguía siendo el “amo”, y además su amante.
La vida seguiría, pero él sabía quién mandaba o quién le dejaba mandar…
Se repetirían acciones así, con otras fantasías y lugares, siempre él y su Claudia…
PD: No es vivencia propia, es imaginaria… que quede claro.
Joseph